“Fiesta de Santiago Apóstol: La fe que une a un pueblo”

Cada 25 de julio, la comunidad se llena de música, fe y tradición para celebrar a su santo patrono: Santiago Apóstol,  en una fiesta que reúne fe católica, raíces otomíes y una profunda organización comunitaria. Esta fiesta es el evento más importante del año.  Santiago Mexquititlán se transforma con música, colores, devoción y tradición.

      1. Preparativos que duran meses.

Los barrios se organizan desde meses antes. Los preparativos inician desde abril o mayo, cuando los barrios eligen a sus mayordomos, encargados de organizar los aspectos religiosos, culturales y logísticos de la celebración. 

 Mayordomía: una muestra de fe y compromiso.

  • Ser mayordomo es un honor, pero también una gran responsabilidad.

Se considera una ofrenda de agradecimiento a Dios y al santo, y muchas familias lo asumen como promesa tras superar una enfermedad o dificultad. A veces, varios miembros de una familia colaboran para cubrir los gastos.

  • Estas familias hacen una gran inversión económica y espiritual: preparan altares, compran flores, coordinan la comida comunitaria, y organizan a los danzantes.

También se limpia y adorna la iglesia, se repintan cruces del barrio, y se realizan oraciones previas o “novenas”. Todo el pueblo se involucra, incluso los que están en otros estados regresan para ayudar.

       2. La danza de Moros y Cristianos.

Una de las principales expresiones es esta danza teatral que representa la lucha entre dos mundos: el cristiano y el musulmán. Participan decenas de personas con trajes coloridos, máscaras y espadas de madera. Uno de los momentos más esperados es la Danza de Moros y Cristianos, una representación teatral danzada que narra simbólicamente la lucha entre el bien y el mal, con influencias de la colonización española. Aunque la historia refleja un pasado religioso europeo, en Santiago ha sido adaptada para reflejar valores de resistencia indígena.

Los trajes se preparan con meses de anticipación: 

Espadas de madera, capas, coronas, máscaras y tocados coloridos. Participan niños, jóvenes y adultos. Esta danza se transmite de generación en generación como parte de la identidad otomí-católica.

     3. Música, gastronomía y convivencia.

Durante los días de fiesta, el pueblo se llena de vida:

  • Bandas de viento recorren las calles tocando sones tradicionales.

 Las bandas locales ensayan meses antes para acompañar los rituales, procesiones y bailes. También hay agrupaciones que interpretan sones otomíes que solo se escuchan en estas celebraciones.

  •  La música conecta generaciones y crea identidad sonora.
  • Se realizan procesiones con imágenes religiosas por todos los barrios.
  • Familias se reúnen para preparar y compartir comidas típicas como mole, tamales, atole de maíz morado y gorditas.
  • Hay puestos de juegos mecánicos, pirotecnia, antojitos y venta de productos locales.
  • Todo esto fortalece la convivencia comunitaria, permitiendo que generaciones diferentes compartan no solo la fe, sino la memoria cultural del pueblo.

      4. Impacto en la comunidad.

La fiesta promueve la participación intergeneracional. Jóvenes aprenden danzas, ancianos comparten saberes, y las familias se reencuentran. También representa una fuente de ingresos para quienes venden comida y productos locales.

  Más allá de lo religioso, esta fiesta:

  • Activa la economía local, ya que se venden artesanías, comida, ropa típica y juguetes.
  • Refuerza la cohesión social, ya que todos los barrios colaboran sin distinción.
  • Atrae visitantes y familiares que viven fuera, fomentando el turismo cultural.
  • Muchas familias aprovechan esta temporada para reunirse, arreglar sus casas, visitar el panteón y renovar promesas religiosas. La fiesta representa orgullo, pertenencia y continuidad en medio de un mundo cambiante.


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